Ambas coincidieron en algo fundamental: el derecho a elegir libremente y la importancia de no permitir que la política rompa los lazos familiares.
La mañana electoral comenzó temprano para las hermanas Rincón. Karla y Jessica caminaban juntas hacia su puesto de votación en la Institución Educativa Técnica Empresarial Antonio Reyes Umaña. Aunque compartían el mismo apellido, el mismo hogar y los mismos valores inculcados por sus padres, esa mañana había algo que las diferenciaba: su elección en las urnas.
Mientras avanzaban entre los ciudadanos que hacían fila para votar, Karla recordaba la conversación que había tenido con su mamá días atrás. Ella le había sugerido un candidato, pero al final decidió estudiar las propuestas y tomar su propia decisión.
Jessica, por su parte, también tenía claro por quién iba a votar. Incluso esa misma mañana su hermana había intentado convencerla de cambiar de opinión, pero ella se mantuvo firme.
—Yo respeto tu decisión —le dijo Karla mientras sonreía.
—Y yo la tuya —respondió Jessica.
Las dos sabían que detrás de un voto había convicciones, sueños y esperanzas distintas sobre el futuro del país. Sin embargo, también entendían que una elección no podía romper los lazos que habían construido durante toda una vida.
Al ingresar al puesto de votación, cada una se dirigió a una mesa diferente. Minutos después, salieron con el certificado electoral en la mano. Habían votado por candidatos distintos, pero ambas tenían la misma satisfacción: haber participado en democracia.
Cuando les preguntaron si las diferencias políticas podían afectar su relación, las dos respondieron casi al mismo tiempo:
—Seguimos siendo hermanas.
Y es que la verdadera enseñanza de aquella jornada no estaba en el nombre marcado en el tarjetón. Estaba en la capacidad de respetar al otro, de escuchar opiniones diferentes y de entender que pensar distinto no convierte a nadie en enemigo.










