La Corte Constitucional ratificó la ley No Más Ole, que prohíbe las corridas de toros, corralejas y peleas de gallos en Colombia, una sanción histórica que marca un antes y un después en los programas de bienestar animal. Al respecto, los dueños de las galleras de Ibagué y Alvarado denuncian perdidas económicas y el posible aumento de la ilegalidad tras la sanción de esta ley.
Lo que para muchos representa un triunfo en materia animalista, para distintas familias pertenecientes a las zonas rurales del departamento del Tolima genera profunda alarma y desconcierto la sanción promovida por el Gobierno Nacional y la satanización, según ellos de un oficio tradicional con arraigo cultural.
“No sabemos qué hacer con los animales que ya tenemos en los criaderos. Esta medida nos afecta directamente en la inversión, los corrales, los costos de mantenimiento, la comida todo vale. Y la gente ya no entra, le tiene miedo a un comparendo, la verdad no sabemos que hacer con nuestros negocios, muchos llevan 20 o 30 años al frente de este centros sociales y ahora están en el limbo”: Héctor Fabio Muñoz dueño de gallera ubicada en la vereda la Palmita de Alvarado Tolima.
Según datos del sector, en Colombia hay alrededor de 7.700 galleras y 27.500 gallerías distribuidas en más de 1.100 municipios. Se estima que esta práctica sostiene 125.000 empleos directos y 165.000 indirectos; en total, unas 290.000 familias viven gracias a las peleas de gallos, muchas de ellas de estratos económicos bajos o populares.
Ese número revela el peso real: no se trata de un hobby ni de un espectáculo exótico para las élites; es una economía que palpita en pueblos descentralizados y en ocasiones ubicados en la periferia de la geografía colombiana. La ley contempla un periodo de transición de tres años durante el cual el Estado debe diseñar un programa de reconversión económica para quienes dependan de actividades taurinas, galleras o afines.
La realidad es cruda: corrales con menos aves, deudas acumuladas, criaderos que se cierran. Los galleros de más edad, que superan los 40 años, enfrentan especialmente la incertidumbre frente a opciones laborales nuevas.











