Pareciera que Colombia, se ha acostumbrado a vivir en función del conflicto, y a cohabitar dentro de este con la violencia, la muerte y la corrupción.
La sensibilidad se aminora, la capacidad de protesta se reduce a las lamentaciones de ocasión, y seguir, con resignación, esperando otra tragedia que, de golpe, supere la anterior.
No pensamos en la fortaleza de una nación para resistir, y abrir caminos de esperanza, y nueva fe.
Pero, una democracia sin partidos, y sin líderes, está condenada a la incertidumbre..
La anarquía política, estimulada por la circunscripción nacional para elegir Senado, y la pintoresca recolección de firmas, para auto postularse a la presidencia de la República, convierte este proceso en un circo indigno de burla y de irrespeto a la ciudadanía.
El presidencialismo todopoderoso, la débil descentralización, eligiendo alcaldes y gobernadores, sin real autonomía administrativa y económica, y la absoluta dependencia de estos del poder central, es una de las mayores grietas del país descuadernado.
La evidente y larga crisis de la justicia, desde la cooptación hasta la letal metástasis del Cartel de la Toga, gritan la necesidad de una reforma, a fondo, aplazada sistemáticamente en el Congreso, cuya verdadera esencia siempre se empantana.
Termina en proyectos cosméticos que no tocan el fondo de la enorme crisis institucional, que nos ahoga.
Pero, atrapados en las redes del antipetrismo y del Petrismo, no saldremos de la profundidad oscura de la realidad que nos abruma.
El dogmatismo de considerar malo todo cuanto propone el adversario, nos lleva a destruir el debate democrático inteligente, que lleve a una mínima reconciliación nacional. La Constitución del 91, fracasó como tratado de paz.
Debemos ser capaces de reformarla por un acuerdo esencial.
Sin estas reformas no habrá paz estable y duradera..
Sin la autocrítica que lleve al acuerdo de voluntades para las indispensables reformas, por la vía democrática.
Si no hacemos un alto en el camino y con imaginación y decisión abrimos las amplias avenidas del acuerdo, reconciliados no habrá futuro posible.
Seguiremos resignados a seguir lamentando muertes como la de Miguel Uribe Turbay, que nos lastiman lo más profundo de nuestro espíritu, y continuamos en el lamento de esta equivocación política, colectiva, sin horizonte cierto, tercamente hundidos en la desesperanza.
-ALBERTO SANTOFIMIO BOTERO, Exministro de Estado y Exsenador de la República.











