En una conversación amplia y sin censura, la gobernadora del Tolima dejó ver una faceta poco habitual en el ejercicio del poder: la carga emocional que implica gobernar y la responsabilidad permanente que conlleva liderar un departamento en medio de presiones políticas, sociales y administrativas.
Aunque no utilizó expresiones literales sobre la soledad del poder, su relato permitió entender que gobernar no es solo cifras, obras y reconocimientos, sino también decisiones difíciles que muchas veces se asumen en silencio. La mandataria reconoció que cada logro alcanzado trae consigo una mayor exigencia y que los reconocimientos nacionales representan una responsabilidad aún más grande.
Durante la entrevista, la gobernadora insistió en que los resultados no son producto de discursos, sino de acciones concretas y de un trabajo constante que exige fortaleza personal. En ese proceso, destacó la importancia de la fe como soporte para mantenerse firme frente a las dificultades y continuar tomando decisiones pensando en el bienestar colectivo.
Su intervención reflejó momentos de introspección, de presión y de desgaste propios del ejercicio del poder, pero también una postura de resiliencia frente a los retos. La gobernadora dejó claro que gobernar implica cargar con problemas complejos, responder a múltiples frentes y asumir críticas, sin perder el rumbo del plan de desarrollo y los compromisos adquiridos con el territorio.
Más allá de la investidura y del escenario político, la entrevista permitió mostrar a una gobernadora consciente del peso de su cargo, de las decisiones que debe asumir a diario y del impacto que estas tienen en la vida de miles de tolimenses. Una líder que entiende que gobernar no es solo administrar recursos, sino sostener convicciones, asumir errores, resistir la presión y seguir adelante con la responsabilidad de cumplirle a un territorio que espera resultados, pero también coherencia y humanidad.











